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POESÍA

CARLOTA CAULFIELD

LA DANZA DEL ALBARIÑO DELICIOSA ES. TRÍPTICO ALBAR

Mollo na propia sangre a dura pruma
rompendo a vena hinchada,
i escribo

Rosalía de Castro

I
A gusto. Por deleite. Celebratoriamente.
Traza su fina punta, como un pico traslúcido,
con tinta blanca y reluciente: delicioso es.
Miro su flujo y reflujo por tu garganta.
A la mía entra en torrente, delicado y claro,
mientras deja un trazo en mano pequeñita: gota.

II
Pájaro de Rías Baixas.
Pájaro blanco y de azar.
Vuelas sin prisa.
Eres atrevido,
y fiel a los poetas,
y a los amigos de los poetas.

III
Convencido de la gracia de Dios,
un monje del siglo XIII, tras beberte,
te bautizó Orixe.

IV
Se sabe que, antes de escribir poemas,
Martín Códax mojaba sus dedos en tus aguas claras.
Convertido él mismo en ave de lengua afilada y graciosa,
tradujo del latín al gallego un tratado de rumores,
vientos suaves, y albares.
Todo en un amanecer.
Pura inspiración, sin fatigarse la mano.
Escuchó una alborada,
fiesta de luz, aurora rezumante.
Se acarició los labios, con enorme placer,
lentamente con su lengua,
y después de contemplar el mar airado,
dijo adiós a sus pesares, y a sus cuitas,
¡ya llegó el verano!, cantó,
para después, celebratorio, comer albarillos,
albaricoques de carne muy blanca,
mojados en el delicioso vino.
Después escribió aquello de:
honro al desertor,
monarca de sí mismo:
condenado, bendito seas.

V
Una imagen. Otra imagen.
Escucho. Te escucho.

VI
¡Vengan a mí tus aguas, Albariño!,
de tu cercanía me viene la ventura.
¿Quién, sino tú. puede iluminar mi cuerpo moreno?
¿Quién, sino yo, diría , del más dulce hombre
que bajo el sol alienta?
Contigo descanso;
descansa tú conmigo, meu amigo.
Sobre mi pecho albarillo, amigo mío,
pon tu dulce cabeza, tu cabeza rizada:
¿Cómo no he de quererte?

VII
Contra falsos vinos y su hechizo repugnante;
contra la negra ley de los terrores,
la falsa ley de tentación de vicios,
por el riesgo de probar:
bienvenida y abundancia me ofreces.

VIII
Desconozco el paradero del juglar de los ojos verdes.
Escucha.
Pájaro albarizo.

Fuentes que inspiraron este poema: Martín Códax, un albariño de Rías Baixas, denominación de Orixe, del 2002, probado en Barcelona; dos anónimos irlandeses del siglo X y XI, y mi amor por meu amigo.

Para Senén.

CARLOTA CAULFIELD es autora de Autorretrato en ojo ajeno (Betania, 2001), Movimientos metálicos para juguetes abandonados (Consejería de Cultura de Canarias, 2003), El libro de Giulio Camillo (InteliBooks, 2003) y Quincunce / Quincunx (Puerto del Sol, 2004). Ha editado las antologías Voces viajeras. Poetisas cubanas de hoy (Torremozas, 2002) y en colaboración con Jaime D. Parra, The Other Poetry of Barcelona. Spanish and Spanish-American Women Poets (InteliBooks, 2004). Su página de poesía en la red puede verse en:

http://www.intelinet.org/Caulfield.

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POESÍA

ARMANDO ROMERO

Del libro: De noche el sol

AL PARECER DE LA HUIDA

Huye de la ciudad que no se queda en las uñas;
de la ciudad que duerme sin ruido y esconde un cuchillo
debajo de la almohada;
corazón en blanco y negro como bandera al agite de
los carros;
escapa de la belleza de sus días,
del terciopelo en las tardes;
dile al guardia que no han florecido los geranios
ni los tulipanes;
lanza tu risa de aguja fina por los callejones,
y huye, huye para huir
de la bocina sin aliento que aceita la máquina;
del polvo rucio que se pega a los zapatos;
del viento que pasea los semáforos;
tírate avenida abajo y arriba al pie de las locomotoras,
de las hélices, de la bencina.

Huye de la ciudad que hace llorar ojos
sin reír el alma.
Huye y huye hasta que huir sea sentido de recuerdo,
y allá, al borde de los desaguaderos,
espera que vuelva hacia ti,
para seguir huyendo.

 

SOBRE EL OHIO
A Manolo Cortés

En la tarde de bruma rosada,
suave y resbalosa sobre el Ohio,
desfilan sobrias y atentas las sombras
de aquellos barcos a vapor y madera
que a otros ríos fueron en el fluir de años y agua.
Hombres de recio encuadre aquí los martillaron
pulso a pulso, palo a palo, metal a metal,
en los astilleros de peces devorados al borde del río.
Los veo ahora en la procesión de mis sueños,
desde este puente azul que cuelga del viento:
Transparentes a la superficie suspendidos.
Carbón de hombres en la cubierta enceran el piso
para los señores del acero y la codicia
que por el Monongahella y el Allegheny
van de Pittsburgh a Steubenville,
a Whelling, Louisville y Cairo
desembocando ahítos en el Mississippi.
Por este río de ojos tan abiertos,
de Galena o Missouri traen el taconeo
casi imperceptible de las damas de Saint Louis y Memphis,
y desde Hannibal, el puerto, la sonrisa de un niño
que será viajero en mares y letras.
Por los cañones del Diablo Sucio en Utah estos buques
habrán visto desiertos y rocas,
signos de otras gentes en esas piedras azules.
Desde el río Verde en Arizona, el Colorado, el Michigan
hasta los grandes lagos vuelven ellos cargados de ojos que ven
aparecer y desaparecer ciudades,
tabernas, puertos, cobertizos,
fábricas y represas, canales y edificios,
bosques secos, playas sucias.
Sin embargo, confundido entre el tropel de vapor y paletas,
vi entre todos uno que reconocí por el color de sus aguas,
por la algarabía de pájaros en la cubierta,
por el roce de bejucos fuertes en la proa,
por el reflejo de grandes montañas,
desfiladeros profundos en la popa,
por el quemante sol que más allá de luz
de los otros lo distingue.
De allá venía, de Honda a Magangue,
de Puerto Wilches a Mompós,
de Barrancabermeja a Girardot,
de La Dorada a Puerto Berrío,
de El Banco a Calamar.
Del viejo Magdalena, río arañado por la realidad
hasta el desuso de sus aguas, venía.
Río Magdalena, enroscándose y saliendo de sí
como su nombre entre las nubes bajas.
Río vuelto recuerdos ahora y siempre,
al igual de esa otra y lejana tarde en que tres muchachos
atolondrados por el calor en sus aguas retozábamos
cuando por su centro se deslizó
este mismo y escondido barco,
que ahora lento, bajo el puente sobre el Ohio,
desaparece.

ARMANDO ROMERO, poeta colombiano, ha publicado recientemente el libro de cuentos cortos La raíz de las bestias; el libro de poemas De noche el sol; y la novela La rueda de Chicago. Vive a las orillas del río Ohio.

 

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POESÍA

MANUEL CORTÉS CASTAÑEDA

CALÍGULA

Desde el primer día lo encerraron en la jaula, demasiado pequeña para él, y con el tiempo perdió la voz y el sueño y los dientes sin haber osado a cabalidad ninguno de ellos. Son demasiados los dedos de una mano para contar las veces que hizo sus necesidades más íntimas bajo la luz del sol. Al menos él no lo recordaba y si alguno de esos instantes encontró por un instante acomodo en su memoria el olvido lo había hecho picadillo. Afuera para él sólo era una explosión excesiva de luz en las pupilas... una moneda
demasiado valiosa, a pesar de la ceguera, para prestarle algún interés a los hechos o a él mismo.

Cuando llegó, todo parecía color de rosa: una estrella caída en su inocencia (o al menos, eso fue lo que él husmeó en los ojos de los suyos); sólo que un amanecer su cuerpo hecho para las faenas de la muerte se le quedó grande a su prisión, donde permaneció, con escasas excepciones, hasta el día en que se acabó para siempre.

Había resistido como el mejor de los guerreros el envenenamiento de su sangre a pesar de que en su mirada él mismo sólo alcanzaba a vislumbrar dos huecos nauseabundos. Hizo lo posible y lo imposible por ganarle días a los días y llegar hasta el fin antes del fin, y después con su carne retorcida y encorvada, con la ilusión de un niño, acomodar mejor sus despojos en la cuna materna

Al principio sus ojos saltaban como dos mariposas apenas salidas de su crisálida y su voz se perdía en el infinito de las noches sin cause y sus dientes figuraban batallas inimaginables en los paraísos de la vigilia y su hocico se humedecía en los riachuelos de un tiempo sin noche y sin memoria.

Pero todo no fue mas que una luz incierta en un firmamento apagado y el día que lo encontraron muerto en su jaula, hecho una momia y casi invertebrado... infectado por la parálisis de sus sueños, en sus ojos todavía rodaba una lágrima... y ni siquiera las moscas vinieron a deleitarse en su guiñapo.

Se fue solo, como ya estaba escrito en el libro de los días que llevamos a cuestas, sin la pausa que nos niega y nos devora y que nos hace otros entre la cima y el pie de la montaña.

MANUEL CORTÉS-CASTAÑEDA nació en  Rivera, Huila, Colombia.  Ha publicado seis libros de poesía: Trazos al margen, Madrid, España; Prohibido fijar avisos, Madrid, España; Caja de iniquidades, Valparaíso, Chile; El espejo del otro, París, Francia; Aperitivo, Jalapa, México; Clic, Puebla, México.