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NARRATIVA

José Cardona López

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER CAMELLO

Para Juan José Arreola.

Tenía fama de caminar mucho sin llegar a sentir cansancio, y los muchachos de El Recreo lo llamaban Judío Errante. Cuando le aburrió el sobrenombre se fue a vivir a otro barrio.

Era alto, desgalichado. Cada paso suyo era mayor que el de un avestruz huyendo de una selva en llamas. De tan alto que era empezó a formársele una joroba, y la barriada lo llamaba Cebú. Por tres meses soportó ese apodo y de nuevo cambió de barrio.

Ahora vivía en El Prado. Andaba encorvado y recorría cuadras y cuadras sin detenerse. Se dio cuenta que no sentía sed y dedujo que podría cruzar El Sahara sin agua en la garganta. Así como algunos hombres cruzan El canal de la Mancha, pensaba, haré lo mismo con aquel desierto, se decía con gran animosidad. Consideró que su hazaña sería mucho más penosa que la de los nadadores. Desde luego, pensó que lo llamarían Camello. Por fin la gente encontrará el nombre que merezco, se decía.

A pie fue hasta Medellín con el fin de buscar el patrocinio de una compañía para realizar su imprudente atletismo. Antes de presentarse en las empresas estuvo cinco días con sus noches caminando en el parque Berrío. No faltaron agentes de caridad que al leer su cartelito al pecho le arrojaran monedas. Entonces sintió rabia por saberse motivo de curiosa piedad social y aceleró sus diligencias en la ciudad. Pero ni siquiera las fábricas de zapatos ni las de bebidas gaseosas decidieron apoyarlo. Tal vez si usted fuera ciclista, le respondían siempre.

A Palmira regresó a pie. En el trayecto notó que su giba le crecía más y más. Quizá el desconsuelo le encallecía aceleradamente la espalda, o todo era producto de la fuerza de su deseo por lograr lo que quería. Tengo que ser camello, pensaba al palparse la joroba, al mirar con desprecio las aguas del Cauca. Entrando a El Prado pasó junto a una cacharrería y fue cuando recordó una página bíblica y tuvo su definitiva y genial idea: comprarse una aguja. Tendrán que llamarme camello cuando pase por el ojo de una aguja, se decía mientras tanteaba con cariño la aguja capotera que ensartó en el bolsillo de la camisa.

Durante dos meses practicó su extraña y exagerada proeza. Al cabo de los primeros quince días ya sabía lidiar con el inconveniente de la joroba. Con el patrocinio de la Junta Municipal de Deportes un domingo presentaría el espectáculo. Caminaría ochenta kilómetros sin beber agua y luego llegaría hasta un escenario especial en el parque Bolívar, donde sobre una almohadilla de satén rojo estaba la aguja capotera por cuyo ojo él pasaría a la fama y a la historia como un camello. La banda del batallón Codazzi interpretaría los primeros compases de la Obertura Guillermo Tell cuando hiciera su entrada ante los airosos espectadores. El tensionante baqueteo en un redoblante acompañaría el paso por el ojo de la aguja. Con previo juramento sobre la biblia un grupo de ingenieros recién egresados de la Universidad del Valle comprobaría ante el público la inelasticidad de la aguja y el diámetro del ojo. Todo se cumplió al pie de la letra. Es más, dos niñas del colegio Santa Rita lo esperaron al otro lado de la aguja con sendos ramos de gladiolos, una preciosa dama tullida de Mirriñao le besó las sudorosas mejillas, y un anciano parodió un poema. El primer alejandrino, que le hizo fruncir un poco la boca a Esteban por el primer hemistiquio, decía: Un lánguido camello de elástica joroba.

Para Esteban fue sencillo cumplir con su hazaña. Cuando estuvo terminada se levantó del escenario con los brazos en alto, sonreía como en el anunció de un producto dental. Por el micrófono le dijo al público: ¡Soy camello, soy camello!¡CA-ME-LLO!,¡CA-ME-LLO!, ¡CA-ME-LLO!, le respondieron. Los flashes de la prensa abundaron aquella tarde y Esteban no cabía en su delgado cuerpo por la emoción. En hombros fue llevado hasta su casa. Aquella noche no durmió. Su larga vigilia estuvo dedicada a pensar
en la fama que vendría y en que por fin la humanidad lo llamaría como él tanto deseaba.

Al amanecer del lunes el grito de los voceadores lo sacó a la calle. Las páginas centrales de los diarios estaban dedicadas a registrar el acontecimiento. Con extrañeza y
decepción encontró que en cada periódico sólo aparecía una larga foto donde estaba con el ojo de la aguja al otro lado de la joroba, pero en ninguna parte se hablaba de él como un camello.

Desde ese mismo lunes los muchachos de El Prado corrían detrás de él llamándolo La Hebra. Ese nuevo apodo le hizo abandonar a tan ingrato vecindario, y se fue a vivir al Uribe. Como al mes de vivir en el nuevo barrio la gente empezó a notar que él estaba adelgazando aún más, pero ya no le tenían ningún apodo.

Gracias a su persistencia y voluntad, ahora ha vuelto a planear su cruce de El Sahara sin beber una gota de agua. La prensa y la opinión pública internacionales me comprenderán mejor, declaró en un programa radial deportivo. Para costearse el viaje trabaja con una fábrica de agujas, publicitando en vivo la calidad del producto.

JOSÉ CARDONA es Profesor asociado de literatura hispanoamericana y español en Texas A&M International University. Ha publicado los libros de cuentos La puerta del espejo, Todo es adrede y Siete y tres nueve; la novela Sueños para una siesta y el libro Teoría y práctica de la nouvelle.

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René Jaramillo Valdés

LA OLA

--Un día el mar va a necesitar tus lágrimas --le habían dicho; mas el viejo no se alarmó y regresó sin pronunciar palabra. El olor salobre dejado a su paso nos dijo cómo soñaba con el mar: “Quizás hoy arrime la ola esperada”, decía cada mañana. Al internarse en el barrio se quedaba mirando la bahía, pero las olas devolvían su mirada.

--Hoy sí vendrá --murmuró. Esa madrugada observó a un albatros volar desesperado tras una ola, pero no la alcanzó y tanto ave como ola se estrellaron contra el acantilado. Lo vimos llegar a la playa dando pasos matemáticos, iguales a la velocidad de las olas. Cuando la ola llegó a sus pies, del muelle zarpó un buque, el único que había esperado cuarenta años para salir en busca de la eternidad. Detrás del buque, el océano se fue secando y la mirada del hombre cayó como el hilo de una cometa que acababa de reventarse.

RENÉ JARAMILLO es Licenciado en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás de Aquino. Cofundador de la revista de arte y literatura Mascaluna. Dios no es el asesino es su primera novela publicada (2001).